Me criticas.
Y apenas terminas la frase
se encienden las antorchas.
Empieza en mi cabeza
una cacería de brujas
con tu nombre.
Porque mientras señalas mi defecto,
yo recuerdo todos los tuyos.
Los que puedo ver.
Los que intentas esconder.
Los que el tiempo, poco piadoso contigo,
ha escrito sobre tu cuerpo como enemigo.
Te miro
y sé exactamente dónde herirte,
dónde el tiempo dejó su huella,
dónde la edad fue menos generosa
y el espejo más indulgente.
Sé qué luces todavía te favorecen
y qué deficiencias, por piedad,
en la sombra permanecen.
Podría.
Pero después vienen los otros.
Los que no aparecen en el espejo.
Tu inseguridad disfrazada de exigencia.
Tu arrogancia prestada.
Esa necesidad de hacer pequeña a la mujer deseada.
Y entonces entiendo.
No me criticas porque no te guste.
Me criticas precisamente
porque me anhelas.
Porque algo en mí te intimida
y necesitas encontrarle una falla,
ponerle nombre,
hacerla suficientemente grande
para que la distancia entre nosotros
no te recuerde todo lo que te falta.
Qué poco hombre hay que ser
para alimentar el ego
mordiendo a la mujer
que mueres por tocar.
Y qué suerte la tuya
que mientras dices en voz alta
todo lo que crees que está mal en mí,
yo tenga la elegancia
de callar todo lo que veo en ti
y apagar las antorchas
de esa cacería que encendí.